Thursday, May 25, 2006


Capitulo XIV

COSTA AZUL
Mirando hacia adentro


El tour en el que viajaban todos los catalanes terminaba en Roma con un vuelo de vuelta a España. Pero nosotros seguíamos junto a unas 10 personas rumbo a Madrid por tierra.
El viaje consistía en recorrer toda la costa del mediterráneo que toma parte de Italia, Francia y España, hasta llegar a Barcelona.
Los parajes se extienden primero como una infinidad de puentes y túneles pasando por los Alpes hasta llegar a Francia. No me imagino como lo hacían cuando no existían estas carreteras que horadaron los montes y redujeron las distancias al grado más óptimo. Dar vueltas en burro y cruzar de un país a otro por todos los Alpes debe haber sido tan vertiginoso como andar en un carrusel a cien kilómetros por hora.
El paisaje en Italia se advierte como un verde montañoso que en cada cima se encuentra coronado por un castillo, una casa o un poblado, al pasar a Francia el paisaje se aplana y ves la costa oriente del Mediterráneo. Aparecen las canteras de Carrara, de donde proviene el mejor de los mármoles y el más blanco.
Recuerdo a un profesor de mi universidad hablando sobre el mármol de carrara como una exquisitez de las terminaciones, era como una especie de caviar lujoso solo para propietarios adinerados y de gusto refinado.
Llegábamos a una ciudad desde su periferia y nuestra guía nos anunció que era Mónaco. Mi madre, guiñando un ojo, murmuró: donde vive la princesa!.
Avanzamos rápidamente para alcanzar a llegar a Niza durante la noche.
Recorrimos los casinos de la ciudad que es como la madre de “Viña del Mar”. Con una costanera nutrida de casinos, una extensa playa que pareciera dar a un lago más que a un mar. Absolutamente llena de restoranes y tiendas de moda.
Al salir por la mañana vi el amanecer más extraño de mi vida. Desde niño vi salir el sol por la cordillera y ahí estaba, saliendo desde las aguas e iluminando las calles lavadas por los aseadores de la ciudad. Un amanecer con una puesta de sol, una hermosa contradicción.
El trayecto llegaba a las 14 horas y mi madre me decía no dar más. Quería terminar este viaje ahora mismo.
Para mi el hecho de no volar me traía descansadito. Con este tiempo pudimos hablar desde nosotros y conocer un poco más a nuestros compañeros de viaje y por último informarme de las peripecias de la Tía Nancy respecto de todas las veces que se perdió pero que siempre, por algún milagroso motivo, logró regresar al tour.

Sólo mirando lo que cada una de estas personas hacía para desenvolverse durante la travesía, logré dar con algunas observaciones interesantes:

La tía Nancy siempre que preguntaba a alguna persona por una dirección o alguna duda, lo hacía en su español sin importarle si le entenderían o no. Ella dejaba que los demás se las arreglaran para darse a entender. Muy por el contrario al estilo de todos nosotros que nos esforzábamos por encontrar las palabras para preguntar por algo mientras nuestro interlocutor observaba los gestos de la angustiosa búsqueda mental del concepto idiomático atascado en nuestra memoria.
Mi madre, por algún motivo inexplicable, se duerme leyendo (lo ha hecho desde que yo tengo uso de memoria), pero al convivir con ella tres semanas, me di cuenta que lo hace toda la noche, entremedio de sus sueños. Recuerdo una vez que volvía de la salsoteca, como a las cuatro de la mañana y ella se despertó. No me miró, solo agarró su libro y entre medio de sus lentes, continuó leyendo. Al medio minuto ya estaba dormida de nuevo pero con el libro en la mano. Me acerqué a ver como lo sostenía y el gesto era como de estar leyendo con los ojos cerrados. Si es que lo hace soy hijo de un fenómeno. Todavía hoy me pregunto por que simplemente no lo deja ahí y se duerme de una vez.
Ridel, para obtener un buen servicio entre estos restoranes que nos trataban como ganado, lo hacía al estilo latino: pagaba a un mozo y ese lo atendía mucho mejor, por eso siempre se le veía sonreír durante las cenas.
Una mujer argentina cargaba siempre un sobre con documentos. Los llevó todo el viaje entre sus brazos. A veces jugábamos a adivinar que guardaba esa mujer en el curioso paquetito. Algunos decían que eran títulos de propiedades, pero por qué no los dejaba en su maleta. Otros decían que las maletas las había dejado con llave y que no las habia abierto desde que salió de Buenos Aires. Siempre fue un misterio y nunca nadie se atrevió a pedirle alguna explicación, quizá por miedo a recibir un molesto: “y a usted que le importa!”. Al final nunca se supo. Para mi que era el acta de su divorcio y su ex esposo era un acaudalado empresario argentino.
Miraba a Leticia, una mejicana que se sentaba frente a nosotros y de vez en cuando conversaba con ella. Miraba el paisaje como si se nutriera de todo lo que veía y con un tono femeninamente ronco y cantadito, respondía a mis preguntas dejando el respectivo silencio para que le hiciera otra. Al finalizar el viaje quede con la sensación de que me hubiera gustado haberme comunicado más con ella. (Posterior al viaje nos seguimos comunicando por mail y espero que nuestra amistad se mantenga por muchos años).
El pelado Mario, en Egipto, era un negociador. A todo le encontraba un pero y desde ahí lograba descuentos más que razonables. Trataba con cada mozo por separado y de ese modo obtenía un buen trato de parte de todos. Un tipo mitad Italiano mitad Argentino la mezcla perfecta del hombre verbalizador de todo lo que piensa y del que responde a toda apreciación buena o mala de las cosas.
Razonando sobre todas las cosas que vimos, apareció algo que yo llamé: “el poder del Guía”. Este personaje con mirada perdida y voz de robot producto de repetir una y otra vez lo mismo (esos son los malos), o con la facultad de convertir una simple escultura en una obra de arte (esos son los buenos). El guía utiliza sus manos como verdaderas varitas mágicas que hacen que la historia de las cosas tengan un valor sobrenatural, y para el turista cobra sentido sin cuestionamiento alguno.
Nuestra guía en Roma, una italiana forrada en cuero, nos contaba la historia del Coliseo y poco a poco, hipnotizados por sus cuentos nos trasladábamos a aquellas épocas de gloria del imperio. Cuantas esculturas pinturas y obras de arquitectura, pasaron por mi lado sin pena ni gloria solo por que la guía no se detuvo a contar su historia. Pero cuando ella se detenía en algún hito, al parecer importante, las manos se nos iban sin control sobre las cámaras para fotografiar un agujero en la piedra, la obra perdida de Vernini o un pene tallado en una calle de Pompeya.
Todo lo que el guía dice parece ser una verdad absoluta. Es que te lo cuenta alguien que te da la sensación que lo sabe por que casi estuvo ahí.
Lo dramático acontece cuando sabes un poco más de las obras que estas viendo y logras percatarte de que el guía ha cometido un error garrafal en su comentario.¿Serás tú acaso, el aguafiestas que se atreverá a contradecir al guía?, o callarás para luego comentar a sus expensas que este se equivocó? He aquí el mudo sufrimiento del turista letrado que se puede distinguir alejado del grupo mirando cosas que nadie ve, masticándose la rabia al ver tanta información contradictoria o bien el turista ganado que no muestra el más mínimo interés en profundizar sobre lo que ve y que a la tercera obra ya olvidó los nombres, las fechas, los lugares y solo se limitará a decir: “fue hermoso, fantástico, alucinante”.

8.- Mi madre en eso ganaba terreno sobre todos los demás turistas. Una vez me dijo: “Me siento aislada, nadie comprende mi problema, no escucho lo que dice el guía y me estoy perdiendo todo”.
Nos pusimos de acuerdo para que ella lograra situarse al lado del guía. Como andaba con un cuaderno para todos lados, se paraba frente a él y comenzaba a tomar nota. Eso les encantaba a estos señores que están acostumbrados a escupir el monólogo, a que no hayan preguntas y pasearse de un lugar a otro en esta singular procesión. Mi madre se convertía en la regalona e incluso los guías le repetían datos para que los pudiese apuntar. Mas de algún catalán del grupo me decía: “vamos a tener que pedirle los apuntes a vuestra madre para poder decir por donde anduvimos”.

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