Capítulo XIINÁPOLES
La Cosa Nuestra
Al llegar a Nápoles, ciudad ubicada en el litoral del sur de Italia, el carrete era extremo. Llevábamos seis ciudades visitadas, trasnochados a rabiar, más los templos egipcios, dos semanas de dejar los pies en cada centro urbano. Por lo tanto llegar a Nápoles parecía un trámite más.
La ciudad es menos turística que las anteriores. Como llegamos un domingo, los locales comerciales se encontraban cerrados y la gente muy relajada en las calles. Eso nos dio una perspectiva más familiar del lugar. Apreciación que no nos había tocado experimentar, y que se convirtió en toda una sorpresa.
La gente se congregaba en unas pequeñas plazas, atestadas de motocicletas. Hacia los cerros se extendían barrios peligrosos, en donde el “pato malo” recibe el nombre de “mafioso”, pues aquí todo queda en familia. Nos advirtieron que esta era la capital de la “Cosa Nostra” y que del cerro para arriba no nos metiéramos. Pero con mi madre decidimos avanzar un poco y adentrarnos entre callejuelas y pequeños comercios. Es difícil pesquisar quien puede ser alguien peligroso en un lugar en donde todos se ven bien. Aquí el estigma del negro chulo no sirve, a menos que seas muy negro pero con eso quedas descartado como pariente de italiano. Aquí es como que el jovencito de la película le dijera a mi madre: “pasare tutto quanto avere” y en medio del shock ella le respondiera, ya!, pero si me das un beso y tu autógrafo. Bueno, quizás exagere un poquito en beneficio de los italianos.
Pero escudriñando entre las sombras de la mafia italiana, esta se congrega en tres lugares y para cada uno existe su propio clan dominante. En Sicilia ejerce su poder la mítica Cosa Nostra; en Nápoles, la Camorra; y en Calabria opera la cada vez más poderosa y peligrosa Ndrangheta. Cada clan cuenta con un ejercito de hombres (según informes de empresarios oprimidos por dichos grupos llegan a 100 mil), los que exigen el “Pizzo”, especie de “impuesto revolucionario”, que les garantiza tranquilidad para trabajar. Las ganancias de la mafia alcanzan al 3,4 del Producto Interior Bruto (PIB) de Italia, unos 36 mil millones de Euros y el rubro se extiende desde recortes en los dineros destinados a obras de infraestructura “mojando a las autoridades” o en su defecto realizando las obras como subcontratistas y si esto no lo logran, derrumban a las empresas que ganan las licitaciones asegurándose total hegemonía sobre el mercado. Hace una década se encargaban de los secuestros de personas famosas o adineradas a las que escondían en las cuevas de la inexpugnable montaña de Aspromonte, al sur de Calabria. Con semejante currícum nos sentíamos fuera de segmento, pues se trataba de una mafia de altas esferas. Estos italianos no se andan con cosas de robos pequeñitos, así que nos mantuvimos firmes en nuestro propósito de recorrer la cuidad.
Al cabo de un rato decidimos bajar al plan en busca de un café, de esos “típicos e imperdibles”. Camino hacia el centro, advertí un inusual modo de pobreza, parecida a la cuidad de Valparaíso, con la diferencia que la gente aquí habitaba en casas muy antiguas y no entre cuatro palos y unas latas. La suciedad de las calles evidenciaba el descuido de una ciudad porteña, mucho menos turística que el resto y probablemente depreciada por el vampirismo de la mafia.
En un café que parecía ser bastante importante, tapizado de fotos de la farándula italiana, nuevamente nos asaltó el mozo con cara de vedette, quien lanzaba como cartas, platos de café y con sonrisa picarona le preguntaba a mi madre que iba a pedir. El cajero nos tiró las monedas tal como lo esperaba, así que incluso tomé la distancia requerida para que cayera en mi mano (aprendo rápido) y arrinconados en aquel sucucho nos tragamos el cafecito con gusto a espuma, fieles al ritual del turista “oveja”. Pero cuando ya las cosas no son novedad es como si tuvieras un punto a favor, no gastamos tiempo en molestarnos, incluso con más ganas podríamos habernos vinculado más y haber logrado alguna amistad. La barrera del idioma quizás pudo más.
El problema de ser una cuidad que se encuentra al final del recorrido, nos hacía ver como si todo fuera una copia de lo que ya habíamos visto. Una copia del Panteón mezclada con la plaza de San Pedro, es una de las obras más relevantes, más una fachada que cobija a los reyes que por siglos tuvo la ciudad. Hasta encontré un tocayo, Federico II.
Ya cansados y con ganas de volver, esperamos al grupo que venía de la isla de Capri, para volver a Roma donde terminaría el tour de las siete ciudades. En un día acabaría un viaje en que compartimos alrededor de 50 personas, eso nos agregó la dinámica de la nostalgia y comenzamos a vernos las caras con esas miradas del que nunca más te verá.

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