
Los Sueños
Francisco soñó una vez que el crucifijo de la iglesia de su pueblo le hablaba y le decía que debía reparar la iglesia. Pidió dinero a su padre, un noble adinerado, y así consiguió los fondos para hacerlo. Posteriormente volvió a soñar exactamente lo mismo que, pero esta vez sacó dinero de las arcas de su padre sin pedírselo, y al sorprenderlo, su progenitor lo desheredó. Tuvo que acontecer un tercer sueño, para que Francisco entendiera que lo que debía hacer era restaurar la iglesia desde sus bases y que la petición no se circunscribía a la iglesia de su pueblo, sino a la iglesia como institución.
¿Quién, me pregunto yo, en su sano juicio, luego de tres sueños puede decidir abocarse a reestablecer los fundamentos de la iglesia?
Solo los que van a ser santos, los que serán genios o locos, incomprendidos y vapuleados por su generación, los que sufrirán por creer en algo que nadie más cree, esos que se adelantan y quedan solos para luego forjar un mundo menos hostil y más tolerante. De esos hay muy pocos y en estas tierras europeas logran verse los rastros de muchos de ellos.
Creo que a nosotros como pueblo, en Chile, no nos faltan santos, locos ni adelantados sino más bien creer en ellos.
Cuando Francisco, impulsado por su cometido, recurre al Papa Inocencio III, este lo mira con desconfianza y le niega la posibilidad de crear su orden. Sin embargo, esta vez él sueña despierto y ve a Francisco sosteniendo sobre sus hombros a la Iglesia. Sorprendido, no tuvo más remedio que autorizar la creación de la Orden Franciscana y sumarse a la gran revolución en nombre de la humildad, la simpleza y de los carismas sobrenaturales con los que San Francisco iluminó a la santa congregación.
Dejaba atrás el templo, el cual producto de la neblina, desdibujaba sus frisos, como si Giotto, desde el cielo quisiera afinar la obra maestra dedicada al “santo Pobrecillo”. (Cariñoso sobrenombre que recibió San Francisco luego de su beatificación)
Me impresiona ver como en cada época de la historia los sueños vienen a corregir el rumbo y nos dirigen con su innegable poder, desde lo más profundo de nuestra psiquis. Me insinúa una naturaleza que cree en los sueños, como el fundamento que hace que las cosas nazcan con un propósito, muy por sobre nuestros humanos caprichos. Lo que más me sorprende es que para creer que el futuro -lo ignorado- será benéfico, solo necesitamos un sueño.
Existe una relación muy estrecha respecto de lo que dicen las culturas egipcia antigua y la tibetana sobre lo que sucede después de la muerte y las experiencias de los sueños lúcidos. Estos últimos son la posibilidad de adquirir conciencia en los sueños, darnos cuenta que lo que vivimos en realidad es una experiencia onírica y que además podemos influir en ella o nutrirnos de su simbología con total lucidez tal como lo hacemos en la vida física.
Bien lo mostraron los sueños de José en Egipto, los que tuvo Tutmosis IV, los de Francisco y la visión del Papa Inocencio III.
Las pruebas que logramos superar en las visiones de encuentros intentando establecer algún contacto con un aspecto de nosotros o a veces con un ser desencarnado son extremadamente parecidas a las que muestra el Bardo Thödol o Libro Tibetano de los Muertos, en donde las deidades iracundas van mermando nuestra lucidez al grado que vamos sucumbiendo en conciencia al temor de las imágenes. O en el caso de los egipcios con las presencias de Osiris, Isis y Horus en la trilogía del abandono del cuerpo físico. Set, Anubis y Thot que componen el triangulo de las pruebas divinas a las puertas de la Duat, el paraíso o el infierno.
Por tanto quienes logran entrenar su estado de conciencia tanto en los sueños como en la vida diaria, indudablemente tendrán mayores posibilidades de surcar con éxito los planos de existencia más allá de la muerte del cuerpo físico.
Los conocimientos están, pero hace falta entrenamiento pues comienzas a creer, luego que las experiencias te muestran que los antiguos tenían razón y que manejaban un conocimiento de profunda sabiduría, que lamentablemente se extravió en el tiempo.
Recordaba que en mi país, los sueños también han movido pueblos enteros.
Por ejemplo, la primera población de la Isla de Pascua (situada en medio del Océano Pacífico) aconteció luego de que el Gran Rey Taane-Aroi soberano de una tribu Maori, delegara su poder en su hijo mayor Hotu Matua. Este, al ver que su tierra se hundía lentamente y muchas personas conseguían la muerte, decidió partir junto a 17 hombres a buscar nuevas islas donde poder vivir. Pero su búsqueda fue infructuosa pues la mayoría de los islotes se encontraban habitados. Fue entonces cuando, Hau-Maka, gran sabio y sacerdote de los Maori, tuvo un sueño en que Make-Make, el Dios más poderoso en que creía su pueblo, le llevaba por los aires, mostrándole una isla inhabitada. En esta visión Hau-Maka pudo recorrer casi la totalidad de la isla y dejar estampados sus pies en las piedras volcánicas aledañas al volcán Rano-Kau. Al volver a su cuerpo (así cuenta la leyenda) el sabio saltó de alegría y comunicó esta visión a su Rey, el que esperanzado mandó un grupo de 7 hombres en avanzada y luego partió en dos piraguas (embarcaciones ancestrales casi insumergibles con la proa y popa elevadas en forma de cuello de pato) junto a 300 hombres seleccionados y en la otra la reina junto a un igual número de mujeres. Al llegar a la isla y reconocer los lugares mencionados por Hau-Maka, y sorprendentemente las huellas de sus pies en la roca del volcán, supieron que era la tierra prometida. Se establecieron en la playa Anakena, ya que era el mejor lugar para fundar y la llamaron “Te-pito-te-Henua”, el ombligo del mundo.

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