Capitulo IX
EL VATICANO
EL VATICANO
La Danza Sixtina
En el hall de acceso del Museo del Vaticano
En la Capilla Sixtina.(Mirada hacia los frescos de Miguel Angel)
La Pietà de Miguel Angel, ubicada hacia el costado derecho, de la nave central en la Basílica de San Pedro. Capitulo IX
EL VATICANO
La Danza Sixtina
Antes de llegar, nuestra guía nos comunicó que lo habitual es que hubiera una fila de unas tres cuadras, pero eso significa vacío, para entrar en el museo del Vaticano. Bastante desconcentrado y con ganas de bromear pensaba: “donde irá Batman cuando quiere rezar”. Se lo comenté a mi madre y le dije: “Al Vati-cano”, esbozando una sonrisa me apuntó hacia el acceso pues ya estábamos por entrar.
Es casi imposible no murmurar, mientras avanzas como rebaño, sobre las riquezas que se pueden ver depositadas por doquier en estos recintos. Vimos por toda Italia oro, pero aquí parece más oro, como si fuera de mayor quilate. Vimos desnudos y obras de arte, pero dentro del vaticano parece que fueran verdaderos utensilios de los dioses!... perdón, de Dios. Con tanta cultura politeísta tiendo a confundirme.
Tantos detalles en el techo te hacen pasar todo el museo mirando hacia arriba, es simbólico esto de ir siempre con la mirada buscando el horizonte en el cielo y no en la tierra. Y todo esto es el preámbulo para llegar a la Capilla Sixtina, en donde se concentra el mayor atractivo o el más famoso por su historia, ya que es en este lugar en donde se realiza la elección Papal y por otro lado están los frescos de Miguel Ángel.
Antes de entrar a la capilla, te permiten pasar a los baños pues no puedes retroceder (es importante hacerlo pues si te dan ganas de algo, literalmente cagaste!), la cantidad de gente es impresionante y hay que desaguar el recinto cada cierto tiempo, muchos guardias advierten que no es posible sacar fotografías y lo dicen en varios idiomas, sin embargo pareciera ser que los Coreanos y los Japoneses no entienden la palabra “No”. Por que “Foto”, es la que más manejan.
A la Capilla Sixtina se puede entrar en base a dos miradas:
En la primera, vez una sala llena de turistas, iluminada por resplandores de flash cada dos segundos y unos tipos grandotes que se desplazan en medio de la gente diciendo: “no foto, no foto”. Todos mirando para todas partes, como un grupo de flamencos en una laguna sagrada.
Apretaba mi cámara como recondenado, si los coreanos podían por qué yo no.
Un flujo de gente va saliendo a la par que otro grupo entra maravillado. Un murmullo de idiomas y de pies arrastrados es la música de fondo. A esto lo llamé: “La danza Sixtina”.
La segunda mirada es en quietud, te detienes en un fresco allá lejos en el cielo, las voces enmudecen, los flash pasan al olvido y te conectas. Solo tú y la mano de Miguel Ángel surcando el cielo de la Capilla. Buscas un rincón para apoyar la mirada y te topas con Adán y Eva despedidos del paraíso, más allá el padre y el hijo, una escena increíble acontecida en el tiempo de los cielos. Los pilares verdaderos se fusionan con los pintados en el muro. Por unos momentos en silencio parecen cruzarse las realidades terrenas y divinas. Detener la mirada es un acto que genera ansiedad, las imágenes se agolpan esperando ser vistas y sin orden aparente, todo acontece al unísono, una fotografía a un momento en los cielos, hacia las aventuras del otro mundo. Dan ganas de haber estado ahí cuando eso ocurrió. O no ocurrió?...quedan las dudas. Pero justo cuando comienzas a reparar en los detalles ya debes desalojar la sala. Te resistes pero la masa te desplaza suavemente. Adiós, gracias por visitarnos y ya estás afuera. Se experimenta una estrepitosa caída al piso. Pero vale la pena cambiar euros por unos segundos de éxtasis religioso.
Al salir quedas instalado casi al frente de la Basílica de San Pedro.
Desde la dura y circular plaza de la Basílica te aproximas hacia la entrada del templo. Te acompañan las esculturas de los Papas sobre los frisos, como si fueran enviados del cielo que volando se aproximan a comunicar alguna profecía. Se ve potente, inspira creer en algo mayor. Me imaginaba el rostro de Jesús diciéndome: “en mi reino esto es una pocilga”. Pero, como arquitecto que soy, se me harían agua las manos para hacerle una ampliación a la pocilguita aquella.
Dentro están las famosas obras que distinguen este templo de todos los demás, el atrio de Miguel Ángel en el altar mayor, las proporciones se pierden; el recinto es muy grande, pero no se advierte el tamaño. Esto se debe a que hacia arriba todo ha sido hecho a una sobre-escala divina, la Pietá a un costado se ve pequeña, a escala humana. Se encuentra iluminada tenuemente y protegida por un cristal de algún otro atentado. Me acerqué a sacar una foto y al verla desde cerca me di cuenta que antes Miguel Ángel ya la había fotografiado. ( Miguel Ángel, eso si, lo hacía con la técnica de los” Picapiedras”: a cincel y martillo).
Se que es una costumbre antigua, pero el hecho de enterrar a los papas en los templos o exponerlos embalsamados en una cámara de cristal me parecía una escena de terror religioso. Me gusta y repugna a la vez. En San Pedro se encuentra el cuerpo del Papa Juan XXIII, según se dice, su rostro solo necesitó un barniz, pues no se descompuso como es lo habitual, así que no fue necesario cubrirlo con la típica máscara de plata sino que se lo dejó tal cual. (Embalsamar, otra herencia de los egipcios).
Esa máscara de plata es macabra, como que uno le tiene respeto por miedo. No es preocupante porque estás con gente, pero se advierte el dramatismo en la fila de personas que pasa para mirarlo por unos segundos. No sabes que hacer, no te atreves a decir que es feo, es más, ya no sabes si lo es, pues está cubierto de bellos adornos, iluminado como un trofeo, son unos restos valiosos. Lo único que la diferencia con una obra de arte es que en algún momento fue ocupada por un ser humano, quizás esperando el día en que los muertos resuciten.
Muchos hablan que la confirmación de la fe cobra sentido por la resurrección de Jesucristo. La resurrección es un acto mágico por el cual solo un ser ha logrado volver a la vida. Pero los evangelios dan una información poco clara respecto de lo que sucedió con Jesucristo luego de resucitar. El evangelio de Juan dice incluso que muchas cosas más hizo Jesús luego de haber resucitado sin embrago no se escriben en la Biblia (Juan 20,30-31), también señala que a veces Jesús se apareció a los discípulos no de manera física, pues aun cuando las puertas estaban cerradas él se les apareció (Juan 20,26-27). En otros pasajes él se les aparecía con un cuerpo distinto al suyo pues ellos no lo reconocían sino hasta cuando tomó el pan y lo bendijo (Lucas 24,30-31). O cuando Jesús se les aparece a los siete discípulos, ellos tampoco los reconocen. (Juan 21, 4-17).
¿Cómo era ese cuerpo de resurrección que superó a todos los faraones embalsamados buscando emerger de los valles de la muerte?, un cuerpo que luego de la muerte de Cristo en la cruz, se disolvió en el sepulcro, volvió en forma intangible cuando se le presentó a María, cambió de forma logrando ser distinto al Jesús que todos conocían y luego se volvió tangible y mostrando a Tomás, el apóstol que acuñó el dicho: “ver para creer”, las heridas de la crucifixión.
Qué es resucitar?, cómo es resucitar?, que utilidad puede tener para quien lo experimenta, que utilidad tuvo para Jesús?. Probablemente ninguna y por su naturaleza divina solo fue un trámite más. Para el cristianismo significa mucho pues le dio a Jesús una connotación sobresaliente, superior a la de cualquier humano con herencia, supuestamente, divina como los gobernantes y los faraones. Por mucho que las máximas autoridades del mundo se esforzaran por realizar grandes obras y asombrar a la multitud, lo que logró Jesucristo lo puso por sobre todo lo que conocíamos.
Es así, que por este hecho, la Biblia debiera contener, como un sumo tesoro, todos los conocimientos del cuerpo resucitado, sin embargo, por alguna razón el tema de la resurrección es bastante somero. Por qué siempre que las cosas se ponen interesantes cae la censura y nos acaba el encanto dándonos muy poco, a cambio de creer ciegamente?
Salí del Vaticano con la emoción ejercitada. La gran diferencia entre los grandes monumentos de Egipto con los de Roma, es que los últimos pertenecen a una religión viva y eso le da un sentido latente a la fe, dan ganas de que las esculturas cobren vida y hablen sobre el reino de los cielos de una vez por todas, para terminar con las especulaciones.
Me imaginaba que si nuestra religión tuviese el dinero que antes tenía, y estuviera centrada en descubrir el reino de los cielos, en vez de contratar escultores haría súper producciones cinematográficas mostrando hasta dónde han llegado ciertos santos en búsqueda del paraíso, o documentales en donde los Papas aparecen trasvasijando dinero desde otros planos divinos para apalear la pobreza haciendo trampa por manejar influencias con Dios. Mal que mal la religión y la fantasía son dos estados connaturales al hombre, solo que en una creemos y hasta por ahí no más. Y mientras no llegue Jesucristo en su 4ª venida y nos diga: “si me siguen matando no pienso volver”, las dos nos seguirán haciendo mirar a los cielos.
EL VATICANO
La Danza Sixtina
Antes de llegar, nuestra guía nos comunicó que lo habitual es que hubiera una fila de unas tres cuadras, pero eso significa vacío, para entrar en el museo del Vaticano. Bastante desconcentrado y con ganas de bromear pensaba: “donde irá Batman cuando quiere rezar”. Se lo comenté a mi madre y le dije: “Al Vati-cano”, esbozando una sonrisa me apuntó hacia el acceso pues ya estábamos por entrar.
Es casi imposible no murmurar, mientras avanzas como rebaño, sobre las riquezas que se pueden ver depositadas por doquier en estos recintos. Vimos por toda Italia oro, pero aquí parece más oro, como si fuera de mayor quilate. Vimos desnudos y obras de arte, pero dentro del vaticano parece que fueran verdaderos utensilios de los dioses!... perdón, de Dios. Con tanta cultura politeísta tiendo a confundirme.
Tantos detalles en el techo te hacen pasar todo el museo mirando hacia arriba, es simbólico esto de ir siempre con la mirada buscando el horizonte en el cielo y no en la tierra. Y todo esto es el preámbulo para llegar a la Capilla Sixtina, en donde se concentra el mayor atractivo o el más famoso por su historia, ya que es en este lugar en donde se realiza la elección Papal y por otro lado están los frescos de Miguel Ángel.
Antes de entrar a la capilla, te permiten pasar a los baños pues no puedes retroceder (es importante hacerlo pues si te dan ganas de algo, literalmente cagaste!), la cantidad de gente es impresionante y hay que desaguar el recinto cada cierto tiempo, muchos guardias advierten que no es posible sacar fotografías y lo dicen en varios idiomas, sin embargo pareciera ser que los Coreanos y los Japoneses no entienden la palabra “No”. Por que “Foto”, es la que más manejan.
A la Capilla Sixtina se puede entrar en base a dos miradas:
En la primera, vez una sala llena de turistas, iluminada por resplandores de flash cada dos segundos y unos tipos grandotes que se desplazan en medio de la gente diciendo: “no foto, no foto”. Todos mirando para todas partes, como un grupo de flamencos en una laguna sagrada.
Apretaba mi cámara como recondenado, si los coreanos podían por qué yo no.
Un flujo de gente va saliendo a la par que otro grupo entra maravillado. Un murmullo de idiomas y de pies arrastrados es la música de fondo. A esto lo llamé: “La danza Sixtina”.
La segunda mirada es en quietud, te detienes en un fresco allá lejos en el cielo, las voces enmudecen, los flash pasan al olvido y te conectas. Solo tú y la mano de Miguel Ángel surcando el cielo de la Capilla. Buscas un rincón para apoyar la mirada y te topas con Adán y Eva despedidos del paraíso, más allá el padre y el hijo, una escena increíble acontecida en el tiempo de los cielos. Los pilares verdaderos se fusionan con los pintados en el muro. Por unos momentos en silencio parecen cruzarse las realidades terrenas y divinas. Detener la mirada es un acto que genera ansiedad, las imágenes se agolpan esperando ser vistas y sin orden aparente, todo acontece al unísono, una fotografía a un momento en los cielos, hacia las aventuras del otro mundo. Dan ganas de haber estado ahí cuando eso ocurrió. O no ocurrió?...quedan las dudas. Pero justo cuando comienzas a reparar en los detalles ya debes desalojar la sala. Te resistes pero la masa te desplaza suavemente. Adiós, gracias por visitarnos y ya estás afuera. Se experimenta una estrepitosa caída al piso. Pero vale la pena cambiar euros por unos segundos de éxtasis religioso.
Al salir quedas instalado casi al frente de la Basílica de San Pedro.
Desde la dura y circular plaza de la Basílica te aproximas hacia la entrada del templo. Te acompañan las esculturas de los Papas sobre los frisos, como si fueran enviados del cielo que volando se aproximan a comunicar alguna profecía. Se ve potente, inspira creer en algo mayor. Me imaginaba el rostro de Jesús diciéndome: “en mi reino esto es una pocilga”. Pero, como arquitecto que soy, se me harían agua las manos para hacerle una ampliación a la pocilguita aquella.
Dentro están las famosas obras que distinguen este templo de todos los demás, el atrio de Miguel Ángel en el altar mayor, las proporciones se pierden; el recinto es muy grande, pero no se advierte el tamaño. Esto se debe a que hacia arriba todo ha sido hecho a una sobre-escala divina, la Pietá a un costado se ve pequeña, a escala humana. Se encuentra iluminada tenuemente y protegida por un cristal de algún otro atentado. Me acerqué a sacar una foto y al verla desde cerca me di cuenta que antes Miguel Ángel ya la había fotografiado. ( Miguel Ángel, eso si, lo hacía con la técnica de los” Picapiedras”: a cincel y martillo).
Se que es una costumbre antigua, pero el hecho de enterrar a los papas en los templos o exponerlos embalsamados en una cámara de cristal me parecía una escena de terror religioso. Me gusta y repugna a la vez. En San Pedro se encuentra el cuerpo del Papa Juan XXIII, según se dice, su rostro solo necesitó un barniz, pues no se descompuso como es lo habitual, así que no fue necesario cubrirlo con la típica máscara de plata sino que se lo dejó tal cual. (Embalsamar, otra herencia de los egipcios).
Esa máscara de plata es macabra, como que uno le tiene respeto por miedo. No es preocupante porque estás con gente, pero se advierte el dramatismo en la fila de personas que pasa para mirarlo por unos segundos. No sabes que hacer, no te atreves a decir que es feo, es más, ya no sabes si lo es, pues está cubierto de bellos adornos, iluminado como un trofeo, son unos restos valiosos. Lo único que la diferencia con una obra de arte es que en algún momento fue ocupada por un ser humano, quizás esperando el día en que los muertos resuciten.
Muchos hablan que la confirmación de la fe cobra sentido por la resurrección de Jesucristo. La resurrección es un acto mágico por el cual solo un ser ha logrado volver a la vida. Pero los evangelios dan una información poco clara respecto de lo que sucedió con Jesucristo luego de resucitar. El evangelio de Juan dice incluso que muchas cosas más hizo Jesús luego de haber resucitado sin embrago no se escriben en la Biblia (Juan 20,30-31), también señala que a veces Jesús se apareció a los discípulos no de manera física, pues aun cuando las puertas estaban cerradas él se les apareció (Juan 20,26-27). En otros pasajes él se les aparecía con un cuerpo distinto al suyo pues ellos no lo reconocían sino hasta cuando tomó el pan y lo bendijo (Lucas 24,30-31). O cuando Jesús se les aparece a los siete discípulos, ellos tampoco los reconocen. (Juan 21, 4-17).
¿Cómo era ese cuerpo de resurrección que superó a todos los faraones embalsamados buscando emerger de los valles de la muerte?, un cuerpo que luego de la muerte de Cristo en la cruz, se disolvió en el sepulcro, volvió en forma intangible cuando se le presentó a María, cambió de forma logrando ser distinto al Jesús que todos conocían y luego se volvió tangible y mostrando a Tomás, el apóstol que acuñó el dicho: “ver para creer”, las heridas de la crucifixión.
Qué es resucitar?, cómo es resucitar?, que utilidad puede tener para quien lo experimenta, que utilidad tuvo para Jesús?. Probablemente ninguna y por su naturaleza divina solo fue un trámite más. Para el cristianismo significa mucho pues le dio a Jesús una connotación sobresaliente, superior a la de cualquier humano con herencia, supuestamente, divina como los gobernantes y los faraones. Por mucho que las máximas autoridades del mundo se esforzaran por realizar grandes obras y asombrar a la multitud, lo que logró Jesucristo lo puso por sobre todo lo que conocíamos.
Es así, que por este hecho, la Biblia debiera contener, como un sumo tesoro, todos los conocimientos del cuerpo resucitado, sin embargo, por alguna razón el tema de la resurrección es bastante somero. Por qué siempre que las cosas se ponen interesantes cae la censura y nos acaba el encanto dándonos muy poco, a cambio de creer ciegamente?
Salí del Vaticano con la emoción ejercitada. La gran diferencia entre los grandes monumentos de Egipto con los de Roma, es que los últimos pertenecen a una religión viva y eso le da un sentido latente a la fe, dan ganas de que las esculturas cobren vida y hablen sobre el reino de los cielos de una vez por todas, para terminar con las especulaciones.
Me imaginaba que si nuestra religión tuviese el dinero que antes tenía, y estuviera centrada en descubrir el reino de los cielos, en vez de contratar escultores haría súper producciones cinematográficas mostrando hasta dónde han llegado ciertos santos en búsqueda del paraíso, o documentales en donde los Papas aparecen trasvasijando dinero desde otros planos divinos para apalear la pobreza haciendo trampa por manejar influencias con Dios. Mal que mal la religión y la fantasía son dos estados connaturales al hombre, solo que en una creemos y hasta por ahí no más. Y mientras no llegue Jesucristo en su 4ª venida y nos diga: “si me siguen matando no pienso volver”, las dos nos seguirán haciendo mirar a los cielos.

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